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Semilla 02 · 20 de septiembre de 2026 · 4 min

Los dos caminos de la manzana

Desprenderse o brillar

En un valle despejado, donde los rayos del sol, el viento y la lluvia se manifestaban con libertad, se vivían tiempos de renacimiento y pureza.

Proveniente de un paradero indescifrable, una semilla pequeña e indefensa encontró refugio en la tierra. Fue recibida sin prejuicios ni condiciones y se acomodó en el lugar que le había tocado habitar.

Alimentada por la fuerza maternal de la tierra, comenzó a germinar conforme a su propósito sublime. Echó raíces profundas y vigorosas, capaces de sostener el crecimiento que estaba por venir.

Pasó mucho tiempo. De aquellas raíces fuertes nació un tallo único y vital. La lluvia y el sol colaboraron silenciosamente en el proceso, hasta que aquel tallo logró atravesar la tierra y asomarse a la superficie.

Los nutrientes dieron forma y fortaleza a la joven planta. Con el paso de los años, se convirtió en un manzano robusto y frondoso que, erguido en medio del valle, anunciaba un nuevo comienzo.

El árbol era el medio para un fin que apenas comenzaba a revelarse. De sus ramas brotaron flores y, más tarde, los primeros frutos. En cada uno de ellos habitaba una nueva esperanza.

Después de una larga espera, la primera manzana alcanzó la madurez. El cuidado, el cobijo y los nutrientes que el árbol le había brindado hicieron de ella un fruto excepcional.

Una etapa estaba cumplida, pero un nuevo aprendizaje comenzaba: aprender a soltar.

Tanto el árbol, que durante tanto tiempo la había cobijado, como la manzana, que había crecido unida a él, debían descubrir el desapego. Ante el fruto se abrían dos caminos. Una decisión estaba por cambiarlo todo.

Capítulo I. El desprendimiento

La manzana decidió desprenderse y comenzar una nueva experiencia.

Al principio sintió libertad. La gravedad la impulsaba hacia un destino desconocido, aunque también despertaba en ella una profunda incertidumbre. Durante la caída, el tiempo pareció ralentizarse. Cada instante se volvió extenso y le permitió contemplar el mundo desde perspectivas diferentes.

El horizonte cambiaba mientras descendía. El miedo ante lo que vendría se hacía sentir. En ese breve trayecto, que para ella pareció durar muchos años, atravesó experiencias agradables y dolorosas. Sin embargo, no eligió verdaderamente su rumbo: dejó su suerte en manos de las fuerzas externas.

Finalmente, comprendió que su destino estaba cerca.

Cayó junto a las raíces del árbol que la había visto nacer. Desde allí, con la experiencia de lo vivido y una mirada diferente, observó a otras jóvenes manzanas crecer entre las ramas y emprender, tarde o temprano, el mismo camino.

Cuando nuevos frutos caían a su lado, los acompañaba durante el proceso de adaptación a aquella realidad. Les hablaba de la caída, del temor y de la nostalgia por el árbol. Así transcurrieron sus últimos días.

La madurez había completado su tarea. Mientras contemplaba con añoranza sus orígenes, comprendió que quizás podría haber tenido otro destino. Pero siempre había entregado su voluntad a lo externo.

Su tiempo llegó a su fin.

Lentamente, su cuerpo se deshizo y volvió a unirse con la tierra. Sus nutrientes se mezclaron con las raíces cercanas del árbol que alguna vez la había cobijado.

El ciclo volvió a comenzar.

Capítulo II. Brillar

La otra posibilidad era permanecer y brillar, como brillaban los rayos del sol.

Unida todavía a su tallo, la hermosa y jugosa manzana sintió que debía esperar. Silenciosa y humilde, vestida de tonos rojizos que resplandecían entre las hojas verdes del manzano, comprendió que estaba lista para ser cosechada y cumplir el propósito divino de su existencia.

No necesitaba convertirse en algo diferente. No debía imponerse, apresurarse ni demostrar su valor. Solo tenía que permanecer disponible, sin pretensiones, miedos ni prejuicios.

Solo tenía que ser plenamente lo que era: una hermosa manzana.

Sabía que, para regresar al origen y volver a ser una con Él, debía dejarse tomar por Dios. Su entrega no consistía en abandonarse a las circunstancias, sino en confiar conscientemente en la Voluntad que le había dado la vida.

Un día percibió que algo se acercaba. Una sensación de grandeza la envolvió. Entonces, una mano pura se extendió hacia ella y la cosechó.

Así eran recogidas las manzanas que habían comprendido su misión: ofrecer su presencia, su sabor, su sabiduría y sus nutrientes como parte de la alianza de la Unidad.

Ya no necesitaba caer, degradarse ni esperar a que el tiempo deshiciera su forma para regresar al origen.

Un solo mordisco del amor de Dios fue suficiente para que volviera al Todo.


El valor de estar disponible a que todo suceda, el Plan ya existe

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Publicada el 20 de septiembre de 2026. Si esta nota se edita, va a decirlo acá.