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Semilla 01 · 12 de septiembre de 2026 · 1 min

Lo que el silencio contesta

Sobre la diferencia entre escuchar y esperar el turno.

El otro día, en una reunión, conté hasta cuántos segundos aguantaba cada uno sin interrumpir. El promedio no llegaba a cuatro. Nadie era maleducado. Simplemente estaban todos esperando su turno.

Hay una diferencia enorme entre callar para escuchar y callar para pensar qué voy a responder. Desde afuera se ven iguales: dos personas con la boca cerrada. Adentro pasan cosas opuestas. En una, alguien se corre para que entre otro. En la otra, alguien está armando su defensa.

Y el que habla lo nota. No sabe cómo, pero lo nota. Por eso hay conversaciones que dejan cansado y otras que dejan liviano, aunque en las dos se haya hablado lo mismo.

Escuchar de verdad tiene un precio: hay que estar dispuesto a que lo que el otro diga me cambie.

Si ya sé lo que voy a contestar, no estoy escuchando, estoy esperando. Y esperar el turno es la forma más educada de no estar presente.

Lo curioso es que cuando alguien nos escucha así, sin preparar nada, nosotros escuchamos cosas nuestras que no sabíamos que pensábamos. El silencio del otro nos devuelve algo. Contesta sin decir una palabra.

Tal vez por eso cuesta tanto. Escuchar de verdad es prestar el silencio propio para que alguien encuentre lo suyo. Es un acto de amor bastante callado, sin mérito visible, que no se agradece casi nunca porque ni se nota.

¿A quién escuchaste esta semana sin estar preparando tu respuesta?

Conversarlo en la mesa →

Publicada el 12 de septiembre de 2026. Si esta nota se edita, va a decirlo acá.