El ensueño de lo irreal
No existe error en el sueño del alma, solo caminos que la conciencia traza para reconocerse en su propia sombra.
El despertar no consiste en negar la ilusión, sino en mirarla con los ojos de quien recuerda. Lo ilusorio se vuelve maestro cuando se contempla con amor; cada forma, cada dolor, cada deseo, no es más que un signo de Dios tratando de volver a sí mismo.
El alma, al encarnarse, acepta olvidar. Olvida la fuente, olvida su luz, y en ese olvido nace el juego divino. Porque solo quien se siente separado puede anhelar la unión; solo quien experimenta la pérdida puede comprender la eternidad del amor. Así, el viaje de regreso no es un camino hacia afuera, sino una re-memoria del origen.
En las palabras de Jesús, el reino de Dios está dentro de ti. En el silencio del Buda, el nirvana no se alcanza, se recuerda. En el fluir del Tao, el sabio no busca dominar el río, se deja llevar por él. Los tres coinciden en lo esencial, el despertar es volver a ser uno con lo que siempre fuimos.
No es aprender, sino desaprender lo que la ilusión nos hizo creer que éramos.
El ensueño y el despertar
Despertar es mirar la vida sin juicio,
sin huir del dolor ni aferrarse al placer.
Es entender que la luz y la sombra
son notas de una misma melodía.
Que lo que llamamos “real”
no es más que un reflejo de lo invisible;
y que lo invisible, al mirarse,
se vuelve real.La ilusión no desaparece al despertar;
se transforma en transparencia.
La materia sigue existiendo,
pero vibra distinto,
como si detrás de cada forma se revelara
la respiración del espíritu.
El mundo no se destruye, se ilumina.Cuando el alma despierta,
comprende que nunca estuvo perdida.
Que todo lo que vivió
-el miedo, la culpa, el deseo, la búsqueda-
eran pasos sagrados del mismo retorno.Entonces calla, sonríe, y respira.
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