La ilusión: alimento del alma
En el silencio primordial, antes de que el tiempo tuviera nombre, todo era quietud. Allí existía una energía pura, una conciencia que, al contemplarse, comenzó a soñar.
Y en ese sueño —el sueño de Dios, del Todo, del Uno— nacimos nosotros. Cada pensamiento se convirtió en forma, cada emoción en color, cada deseo en materia. Así surgió la ilusión, no como engaño, sino como escenario sagrado para la experiencia del alma.
El meditador que habita en lo eterno, crea este mundo como un espejo donde reconocerse. Somos parte de su respiración y, al mismo tiempo, él respira a través de nosotros. Vivimos dentro de su pensamiento, pero también pensamos dentro del suyo.
En esa paradoja divina, somos creadores y creación a la vez, hijos y fragmentos de la misma conciencia que se mira a sí misma en infinitas formas.
La realidad que percibimos no es más que un velo luminoso. No hay distancia entre el soñador y su sueño, entre Dios y la vida, entre el Todo y el yo. Solo hay grados de recuerdo; despertar es reconocer que la ilusión es real en su propósito, pues es el alimento que permite al alma crecer, aprender, amar y retornar a su fuente.
El cristianismo lo llama encarnación, “el Verbo hecho carne para vivir el amor en la forma”. El budismo lo llama maya “el velo de lo ilusorio que enseña el desapego y la compasión”. El taoísmo lo llama wu wei “el fluir natural que une cielo y tierra sin esfuerzo”. Tres lenguajes, una misma verdad.
La realidad es un acto de amor divino que se recrea en cada instante. Cuando la mente calla y el corazón escucha, todo se revela como perfecto. La música armónica e instrumental nos recuerda esa dimensión sagrada, un llamado a cerrar los ojos, respirar y sentir el pulso del universo latiendo dentro. En ese instante comprendemos que no somos viajeros perdidos en el cosmos, sino la conciencia del cosmos contemplándose a sí misma.
La ilusión
Aquí estoy.
Aquí estamos.
Somos uno.Y la ilusión
-este hermoso sueño compartido-
es el alimento que el alma necesita
para recordar su eternidad.A imagen y semejanza,
podemos transformar el sueño,
elevarlo, hacerlo sagrado otra vez.Porque el cielo no está lejos;
comienza en la mirada que lo reconoce.
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