El Recordar22 de 22
Capítulo 22 · 25 min

Cuento: sentado bajo la sobra del árbol

EL INICIO

A veces, me pregunto el porqué de mi existencia, ¿por qué estoy aquí?

Me enfurece el pensar que no corrí con la misma suerte que otros, yo no tuve el mismo tiempo para empezar a ordenar mi vida, nací con una ya juzgada.

Con frecuencia tengo días así en los que me ahogo en pensamientos sobre mi destino, aunque nunca llegó a ninguna conclusión me di cuenta de que las emociones afloran en mi piel.

Una mañana me encontraba sentado bajo la sombra de un árbol, sintiéndome más solo que de costumbre. Mi vida no era nada fácil y no podía encontrar el propósito de mi existencia. La rutina me hacía creer que estaba en una película sin comienzo y sin final, repitiéndose una y otra vez. Ese día, decidí recorrer zonas más alejadas y desconocidas del lugar en el que me encontraba habitualmente, supuse que podría despejar mi mente, no lo había hecho antes por miedo a lo que iba a encontrar.

Perdí la cuenta de cuánto había estado caminando hasta que comencé a notar que el sol estaba en el horizonte con un color naranja rojizo, la brisa fresca remolineaba por mi cara, los árboles reflejaban las sombras de ese hermoso atardecer, sin embargo, advertí que andaba en círculos. Me detuve un instante para ver dónde estaba parado, la luna en cuarto menguante empezaba a emitir un haz de luz tenue que complicaba mi viaje, por la escasa claridad que me proporcionaba. Comencé a preocuparme, no sabía dónde me encontraba.

LA SOMBRA

A lo lejos pude ver una luz, al principio titilaba y desaparecía, empecé a mirarla fijamente y mis dudas me hicieron juzgar que la estaba imaginando, pero de a poco comenzó a tener más intensidad, y marcaba un camino, por el que emprendí mi viaje con mucho cuidado y miedos, pues la noche en un lugar desconocido hacía que dudara de mis pasos. Sin embargo, hacia allí fui.

Al acercarme un poco más, vi que la luz era fuego, por lo que mi corazón comenzó a disminuir las palpitaciones que estaban al límite, sentí un poco de alivio en la noche fría y sutil que se estaba iniciando, por la posibilidad de encontrar comida y cobijo para pasar las horas. La ansiedad se apoderó de mí, y el camino se hizo más largo de lo esperado, cada paso que daba parecía que se alejaba un poco más. Dándome fuerzas y callando a esa voz que me decía que no iba a llegar, logré acercarme.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, noté que se trataba de una cabaña, pequeña, pero muy acogedora, con puertas de maderas talladas, ventanas chicas y un techo de paja que hacían notar su antigüedad. Me acerqué despacio para que no me vieran, porque no sabía con qué me iba a encontrar. Pisé un palito y mis emociones afloraron, me hicieron retroceder y esconderme un tiempo hasta ver qué pasaba. Como nada se movía, retomé y esta vez me acerqué sin hacer ruido, prestando más atención para no cometer el mismo error una vez más.

Llegué a la ventana que tenía los vidrios empañados por la condensación del fuego del interior y el frío del exterior, que ya empezaba a provocar dolor en los huesos. Luego de un rato de intentar investigar si había alguien dentro y averiguar si era seguro, gracias a la luz brillante que proporcionaban las llamas, noté que tenía flores a montones de tonos fuertes y bien cuidadas. Eran plantas relucientes, una decoración que daba cuenta de que quien la habitaba tenía buen gusto, muy confortable, repleta de lujosos ornamentos. “Qué hermoso lugar para vivir”, pensé, era deslumbrante. Deduje que, efectivamente, alguien debía encontrarse allí adentro.

Pude ver una sombra, los latidos de mi corazón se hicieron notar, y me parecía que hacían tanto ruido que me iban a delatar. Inspiré profundo y exhalé sin ruidos, para que la sombra no me encontrase, esta era delgada y esbelta, se movía lento, pero con fluidez. Caminaba de un lado a otro dentro de una diminuta sala, moviendo sus brazos y sus pies con un mismo patrón, una y otra vez. No comprendía qué estaba haciendo, pero me parecía hipnotizante. Me fascinaba la delicadeza y la perfección de cada uno de sus movimientos, nunca había visto a nadie hacer algo así. Mi ritmo cardiaco se desaceleró y mis emociones encontraron cobijo en ese andar zigzagueante.

Pasé mirando la figura un largo tiempo sin cansarme hasta que se detuvo, y con la misma delicadeza apagó la hoguera, rápidamente me escondí para que no viera mi silueta a través de la luna menguante. El miedo y la ansiedad se apoderaron de mí con imágenes que me venían a mi cabeza sin cesar, logré acomodarme detrás de un arbusto, petrificado por el temor y dudando de si me había visto o no. Así, me quedé dormido, sin darme cuenta.

EL VIAJE

Cuando abrí los ojos, ya estaba amaneciendo, no podía entender cómo pude dormir en un lugar tan incómodo por el frío de la noche sin que me diera cuenta, pensé que me había desmayado o a lo mejor había muerto, no lo sé, ahí estaba en un nuevo día, entusiasmado pensando que, tal vez, con mayor claridad podría descifrar todo lo que había vivido la noche anterior. Hacía tanto que no me sentía con ánimos de hacer algo, que esa mañana me levanté con el alba en el horizonte, escuché el sonido de las aves, y sentí que un nuevo ciclo comenzaba.

El hambre y la sed me invadían. La noche anterior no había comido, inmerso en un mar de emociones que hicieron que las necesidades fisiológicas pasaran a segundo plano, pero, con el nuevo amanecer, mis tripas empezaron a resonar, así que fui a recorrer el lugar en búsqueda de frutas y un espejo de agua donde poder hidratarme y lavarme un poco.

Alejándome de la cabaña, pero sin perder la orientación y con la intención de volver, comencé a ver un frondoso bosque donde, seguramente, podría haber algo para alimentarme. Me sentí extraño, ya que el día anterior no había visto esos semejantes árboles, pero la ceguera debió haber sido por el miedo aterrador que percibí al no saber cuál era mi camino y hacia dónde estaba yendo. Ya con un poco más de astucia, comencé a caminar seguro por el sendero, pero cada tanto miraba hacia atrás, para no perder de vista el enigmático lugar en el que pasé la noche anterior. Deseaba volver para seguir averiguando un poco más sobre lo que vi en esa cabaña.

Ya con los árboles sobre mi cabeza que, al mirar hacia arriba, parecía que sus ramas se dirigían hacia el infinito del universo, nuevos sonidos podían percibir, aparecieron como si alguien levantara el volumen de un parlante. Pude apreciar aves volando que, en búsqueda de alimento como yo, revoloteaban el lugar sin distinguir si yo estaba ahí; podía ver animales que estaban inmiscuidos mirándome sin saber quién era, con el miedo propio de notar que había un desconocido en su hábitat. Afinando aún más los sentidos, pude sentir a mi alrededor insectos, larvas, y hasta el respirar de las hojas de la vegetación. La sensación de paz me invadía y sabía que estaba en el lugar donde mi alma nació, no quería moverme porque todos mis miedos, inseguridades, y dudas sobre mí habían desaparecido por un instante. El placer era pleno, pero debía continuar porque mi vientre me lo pedía, así que con actitud emprendí nuevamente el camino para satisfacer mis necesidades alimenticias.

Mis sentidos empezaron a crecer en intensidad y podía percibir la energía de mi alrededor, dándome seguridad de mis pasos. Al frente mío encontré una bifurcación, no entendía qué camino debía continuar, ni tampoco quería perderme, pero algo me decía que debía tomar el de la izquierda, este tenía una pendiente más pronunciada y se veía que requería de más esfuerzo de mi parte. En cambio, el camino de la derecha era un sendero plano, pero no podía ver a dónde me llevaba. Así que hice caso a mi intuición, cosa que nunca había hecho, y continué hacia la izquierda.

Mis piernas y brazos comenzaban a pesarme, y concebía el desgaste de mi cuerpo, pues sin nada en el estómago, mis energías se iban debilitando, pero intuía que algo iba a encontrar y redoblé el esfuerzo para continuar en mi senda. Ya me había acostumbrado a la sombra de los acogedores y frondosos árboles, que no dejaban pasar la luz del sol, solo la resolana daba luminosidad a mi camino, pero, en un momento dejé de mirar mis pies, levanté la cabeza y pude darme cuenta de que los rayos del sol entraban por medio de árboles más chicos a los que estaba acostumbrado. Eran frutales, repletos de frutas maduras y brillantes, que me hacían salivar, mi cuerpo no daba para más, necesitaba urgentemente azúcar.

Tomé distintas frutas de los árboles, y me di cuenta del esfuerzo que tuve que hacer para conseguir algo de comer, que en la vida cotidiana nos resulta tan sencillo saciar nuestra hambre. Allí, en la cabaña, recordé que había una canasta repleta de frutas que nadie comía, con probabilidad de que se pudran y terminan tirándose, “qué desperdicio”, pensé entre mí. La naturaleza nos brinda todo lo que necesitamos, pero debemos aprender a tomarlo en el momento adecuado, sin desperdiciar nada. Se me venía la imagen de la cabaña, tan confortable, con esa calidez y desborde de cosas que hacían dudar si estaba en el lugar adecuado. Me surgía sensaciones de volver inmediatamente a ese cómodo lugar y no salir más, pero luego del tan deseado desayuno, pude darme cuenta de que mis piernas estaban agotadas, porque había estado subiendo una montaña que formaba parte de ese rico entorno, me asomé un poco y pude notar que el camino llano me llevaba a una ruta común y corriente.

Desde allí, pude valorar la inmensidad que me estaba hospedando, los distintos tonos verdes de las plantas, el azul del cielo y el brillante sol, hacían una experiencia estremecedora para mi alma, lo asemejaba a la cabaña, pero aquí era natural.

Durante esa contemplación tomé impulso y seguí camino para no perderme nuevamente. Pude divisar un río y mi oído pudo escuchar el sonido del agua corriendo, me di cuenta de que solo era cuestión de prestar atención, porque el agua y el sonido siempre estuvieron, pero estaba distraído con otras cosas. Mi observador interior me permitió guiarme hacia la fuente acuosa que iba a permitirme higienizarme y poder beber un poco de agua fresca. Hacia allí fui.

Mientras me acercaba al río, iba por un camino totalmente marcado por otros viajeros, se notaba que hubo otras personas que hicieron el mismo sendero que estaba haciendo yo, lo que me dio seguridad y tranquilidad de que iba bien. Un arco de ramas formaba una especie de puerta de ingreso a un lugar sagrado, me dio la bienvenida a las proximidades del río, discretamente voy acercándome con miedo a que aparezca alguien que me haya precedido en el lugar. Mirando cada paso que doy y pisando fuerte, avancé hacia un lugar con mucha mística, lo pude sentir, aquí hay magia, digo en voz baja.

El río venía cargado de agua, se notaba que había llovido aguas arriba, por el caudal, el agua turbia, las ramas que arrastraba, así que no era muy auspicioso poder meterme al agua, aunque ya pasado el mediodía el calor empezaba a aflorar. Me acerqué despacio a la orilla del río, con cuidado de no resbalar y caer, hice cuquillas y con las dos manos en jarra, me lavé la cara con el agua fresca y cristalina. El agua parece turbia, en mi prejuzgar es intomable, pero cuando la tomo en mis manos puedo verificar su transparencia y la dulzura que se escurren por los dedos, ello me da la seguridad de que es pura. Calma mi saciedad y se renuevan las energías.

Recorrí un poco el lugar que estaba cubierto de plantas que daban sombra y cobijo del calor de plena tarde. Encontré una piedra y me senté a contemplar el lugar. Nuevamente los sentidos empezaron a tomar impulso, las sensaciones que me acompañaban se hicieron más evidentes y alrededor mío empezó a revolotear una mariposa que se posó en mi mano dándome permiso a permanecer en el lugar. Me invadió una emoción de paz que nunca había sentido y me conecté con la naturaleza que me transmite su sabiduría. En milésimas de segundo, comprendí lo simple de la vida y la bendición de poder tener esta experiencia de vida terrenal donde al abrir día a día mis ojos hay nuevas oportunidades. Nos preocupa mantener una vida mundana con comodidades, lujos y desperdiciar nuestro tiempo que es finito.

El aire fresco de las plantas me hacía volver a la realidad, el tiempo pasó volando, como si hubiesen sido segundos, pero las horas habían transcurrido. Recordé el fuego acogedor de la cabaña y esa sombra esbelta que no pude descifrar qué era, la intriga me hizo parar inmediatamente y emprender mi camino de regreso por miedo que me agarré la noche en un nuevo lugar desconocido.

Ya en camino, no podía dejar de pensar en ese lugar que había encontrado y la energía que me había transmitido. Las imágenes y sensaciones quedaron grabadas en mi cabeza para siempre. Tratando de hacer memoria del recorrido que hice para no perderme en el camino, intenté disfrutar del viaje y dejar de lado las emociones negativas que intentaban ingresar a mi cabeza.

A mitad del recorrido, en medio del denso bosque, los sonidos y los movimientos se intensificaron y las alarmas de mis emociones se encendieron nuevamente dando indicios que estaba volviendo a la realidad, que por un tiempo me había escapado en la ribera del río caudaloso.

A lo lejos, podía ver una figura que, parada, miraba mi caminar o estaba de espaldas observado hacia otro lugar, no estaba muy seguro de ello, ya que la luz del sol en el poniente me encandilaba y me quitaba lucidez de mi visión. ¿Y si era la sombra que vi anoche en la cabaña?, las emociones negativas empezaron a florecer, sentía que no las podía manejar, me invadía mi mente y cuerpo, pero luego de la experiencia en el lecho del río y toda la vivencia que tuve, pude controlar esas sacudidas, respiré mientras caminaba y me acerqué a la figura reluciente por el sol. Podía apreciar que usaba una túnica y un palo que lo ayudaban a mantenerse de pie, me hacía pensar que era un hombre mayor. Efectivamente me estaba esperando, ya que más cerca pude verlo con claridad, pero no me generó ningún miedo, dándome la impresión de que ya lo conocía de otra ocasión. Saludé con respeto, como mis educadores me enseñaron, y recibí la misma cordialidad de su parte. Aparentaba ser un hombre con experiencia de haber vivido bastante, me invitó a seguir caminando hacia un lugar que permitía sentarnos. Lo acompañé, ya que me venía bien para descansar un rato, el trayecto hacia ese lugar fue extenso, aunque se me pasó rápido debido a las vivencias que estaba teniendo.

El hombre, con su parsimonia, me acompañaba en silencio, estaba muy vestido para el calor húmedo que hacía a esa hora de la tarde, yo que con una vestimenta ligera transpiraba a borbotones, no quería imaginar el calor de este buen hombre, tenía barba de varios años sin afeitar y canas que me hacían dilucidar su edad adulta. Pensando cómo comenzar una conversación, ya que el silencio mientras caminábamos me generaba tensión, lo traté de “usted” al preguntarle su nombre. Inmediatamente se detuvo y me miró fijamente a los ojos sin emitir sonidos, y continuó su sendero invitándome a que lo siga.

Mirando el horizonte y viendo que comenzaba nuevamente el final del día, lo mismo que había pasado ayer, como si el ciclo entrara en su fin, la ansiedad me ganó e intenté frenar al hombre para que me explique qué estábamos haciendo. Apoyé mi mano en su hombro, se frenó y retiró la misma de su vestimenta. Apoyó el bastón y con su dedo índice me señaló el lugar al cual me estaba invitando a llegar. No era la cabaña de la noche anterior, sino que era un lugar en el medio del bosque que apareció de repente frente a mis ojos, seguramente que siempre estuvo ahí, pero mi observador interior estaba distraído en el anochecer y en cómo llegar a tiempo a la cabaña para planificar la manera de interactuar con esa sombra para que me permitiera ingresar a ese acogedor y cómodo lugar, y no pasar otra vez una noche incómodo y con frío. Ya con menos inseguridades alcé la voz, siempre con respeto, y le pregunté:

  • ¿Es usted la sombra que el día de anoche vi en el interior de la cabaña cómoda y lujosa en su interior ubicada en aquel valle?, ya que lo vi caminar de un lado hacia otro hipnotizándome desde el exterior.

  • ¿Usted aprecia que vivo de lujos y vanidades? - me contestó.

Me hizo pensar que no era esa sombra que tanta intriga y deseos de conocer me generó, pero este personaje que se ubicaba frente a mí intentó sentarse en un tronco caído apoyándose en su bastón, entonces me abalancé inmediatamente a ayudarlo tomándolo de un brazo, y él me invitó a que lo acompañé.

LA SABIDURÍA

El sol estaba entrando al horizonte, y los miedos me invadieron nuevamente recordando lo que pasó la noche anterior, pero tenía la sensación de que no me podía perder esta charla con el buen hombre que tenía sentado a mi lado.

  • No te preocupes por la noche, si tú quieres puede pasarla aquí en mi hogar - dijo como si estuviera leyéndome la mente.

  • Muchas gracias, la verdad que estaba preocupándome por cómo iba a regresar y por lo que podría pasar conmigo en el camino.

El viejo se acomodó para mi lado y mirándome me dijo:

-Tus miedos y sensaciones de inseguridad son creados sólo por ti. Ahí, en tu mente, es donde se desarrollan preocupaciones sin sentido, perdiendo de vista el instante que estás viviendo, si tú miras a tu alrededor tienes un inmenso bosque con aromas y sonidos que son tan sutiles que seguramente estás dejando pasar desapercibido pensando en tu seguridad de dormir acobijado y arropado para despertar con un desayuno servido como en los grandes hoteles. Aquí no hay estrellas que simbolizan calidad, aquí hay estrellas que hacen contemplar la vida desde otra mirada. Tú tienes puesto el observador en la necesidad de saciedad de satisfacciones y seguridades banales, que lo que hacen es sólo meterte en un círculo vicioso de insatisfacciones e inseguridades. La mirada contemplativa y agradecida son el camino al encuentro con el ser interior que permitirá encontrar el sendero de la paz y la compasión.

Me dejó perplejo con todo lo que me dijo en esos segundos, fue como una cachetada a la vida y me quería poner a llorar como un niño, pero no deseaba que la charla se terminará en esas palabras, entonces le dije:

-Cuánta simpleza en sus palabras, pero qué difícil es llevarlo a la vida rutinaria y demandante que vivimos en esta sociedad inmersa en el consumismo que te obliga a trabajar lo máximo posible para poder vivir. ¿Cómo hago para cambiar de vida y hacer lo que usted me está diciendo?

-No hace falta cambiar de vida -dijo con tranquilidad-, sólo adecuar el foco de tu realidad. El paso que tienes que dar es el amor a uno mismo, las personas que se aman a sí mismas buscan desarrollar todo lo mejor de sí, con un trabajo titánico desarrollando todas sus potencialidades, lo cual significa esfuerzo, dedicación, atención para llegar a la completitud, y eso implica varios pasos a seguir. El primero, es “aceptarse”, el amor propio comienza con la aceptación de uno mismo, implica conocerse y valorarse, que es un trabajo introspectivo profundo que hoy has empezado. Conocerse a uno mismo tiene que ver con la esencia y conocer cómo soy, tiene que ver con la personalidad, debes ir a tu interior y mira tus virtudes y defectos para trabajar en ellos y así encontrar tu esencia. Y el valorarse se relaciona directamente con la autoestima, siendo agradecido por lo que soy, por lo que tengo y dónde me encuentro. Cada día que despiertas es un nuevo nacimiento de oportunidades que nos da la vida, solo hay que estar en sincronicidad con el universo y abrir los ojos para que las virtudes se hagan visibles.

Otro de los pasos es “enriquecerse”, pero no desde lo mundano o material, sino desde el desarrollo de las capacidades innatas que todos tenemos en nuestra interioridad y, para ello, hay que alimentarse y gobernarse. Cuando digo alimentarse, no sólo de comida saludable para tu bienestar físico, sino el alimento afectivo, que tiene que ver con los vínculos que se tienen, el tipo de amistad que se elige, las personas con que deseo compartir mis momentos. Otro alimento es el intelectual, ¿qué es lo que leo, veo o escucho?, ¿qué tipo de información recibo?, si me alimento de información tóxica, seguro me voy a sentir mal o abrumado. Si tengo una vida espiritual sana, profunda, permitirá enriquecerme dando otro paso a tu esencia. Cuando digo gobernarse, es darle tiempo y dedicación a cada cosa, no se puede querer hacer todo a la vez, aprender a priorizar y estar presentes en el momento indicado para cada cosa que se realiza en la vida.

Y, por último, “darse”, darse a los otros, ya que cuando uno le transmite al otro lo que le pasa y dice lo que siente desde su interioridad, uno mismo comienza a tener claridad que antes no tenía. Cuando el otro escucha, me está ayudando, no sólo por escuchar, sino que me ayuda a poner en palabras las cosas que van en el interior de uno.

Esto era una clase magistral de vida, estaba maravillado escuchándolo, pero todo esto que me decía ponía en mí un halo de duda, y le pregunté:

-Maestro, pero lo que usted me dice ¿no te transforma en egoísta?

Levantó la mirada, ya que con su bastón estaba dibujando símbolos en la gramilla, y me dijo:

-Para nada, todo lo contrario, hijo mío, las personas egoístas viven para sí mismas tratando de tener todo haciendo lo menos posible, consiguiendo beneficios sin esfuerzo, todo para sí, mostrando su exterioridad sin trabajar su ser interior. No se sienten valorados, con lo cual esa pérdida de valor tiene que ser recuperada con la necesidad de tener cosas o hacer cosas que las hagan sentirse bien, y por ello pasan su vida consumiendo todo para darse placer. El egoísta no se da, queda todo para él y así termina consumido en angustias y ansiedades.

Lo miré mientras sacaba mis conclusiones, y dije:

  • Qué simple, con amarse a uno mismo es suficiente para encontrar la paz.

-Es un paso importante, pero nada es tan absoluto, todo depende de cada uno cómo percibe su realidad, e identificar cuáles son sus conversaciones internas que sostienen el estado de ánimo. Un estado de ánimo no es más que una emoción que se hizo permanente. Entonces, si modificamos el monólogo interno, las emociones se transforman y las vibraciones que emiten se vuelven totalmente diferentes. Otras de las cosas que debes tener en cuenta, es la respiración consciente. Cuando respiramos con fluidez y placer, la vida se mueve suavemente dentro de nosotros quitando las tensiones y aclarando tu mente. Vive el presente, siempre ahí encontrarás las respuestas.

-Hoy me dio una lección de vida que necesitaba encontrar, entonces las respuestas están en el interior de cada uno, no hace falta encontrar el reino en el exterior, ya que habita dentro nuestro y este instante es lo importante.

-Hijo mío, muy bien, has interpretado a tu manera lo que estuvimos charlando y eso es correcto, te dejo una frase muy conocida, pero no muy bien comprendida, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

El silencio se apoderó de ese presente eterno, miles de interpretaciones y conclusiones pasaban por mi cabeza en ese instante. Me quedé con una que fortaleció mi alma, primero ámate a ti mismo para poder darle amor verdadero y plenitud a tu prójimo.

Sentí que había renacido, una nueva observación de cómo vivir se me había instaurado en mi mente, dando cuenta que las vanidades y preocupaciones que acarrea solo hacían generar en mí sufrimiento y depresión.

Ahí estábamos, el maestro y el alumno sentados en un bosque místico y recóndito, la noche se aproximaba, oscura y fresca.

Me invitó a su hogar a pasar la noche y se puso a preparar una comida caliente con aromas muy prometedores.

EL REGRESO

A la mañana siguiente, me desperté muy descansado y renovado, había dormido como nunca, me pareció que pasaron siglos, estiré mis músculos para quitarme la pereza y recorriendo el lugar con mi vista no encontré en un primer vistazo al anciano. Tenía preparado algo para comer, así que aproveché el desayuno, sabía que tenía un recorrido que hacer, y no quería hacer sufrir nuevamente a mis tripas como la mañana anterior.

Busqué por fuera al maestro a ver si lo podía encontrar para saludarlo y agradecerle por su hospitalidad y las enseñanzas que recibí la noche anterior. No lo pude ubicar, se habrá ido a buscar algo, me dije dentro mío. Lo esperé un rato, pero no regresaba, entendí que ya había hecho su trabajo y no lo volvería a ver. Acomodé mis cosas y emprendí viaje, quería volver a esa cabaña de día para encontrar a la sombra y enfrentarla para sacarme las dudas que tengo desde la primera noche. Agradecí mentalmente e hice una reverencia para que mi energía sea transmitida a su regreso.

Ya en el camino y dejando atrás esos árboles prominentes, empecé a hacer memoria de todo lo sucedido en este viaje, y pude darme cuenta de la simpleza de la vida, y cómo estaba errando en mi concepción de atribuir mis prioridades y haciendo culpables a terceros de mi situación. Mi vida no estaba ya juzgada como pensaba a un inicio de mi recorrido, sino que estaba todo para darse, sólo dependía de mí, de la visión de las cosas y cómo percibía mi pesar. Tomé el desafío que me impartió el maestro y lo puse en práctica ese mismo instante.

Comencé a apreciar el viaje y pude visualizar la belleza del lugar, antes no logré verlo, ya que mi ceguera era producto de los pensamientos y preocupaciones por mi porvenir y en los miedos que generaba del lugar que habitaba. Las sensaciones en mi piel se hicieron presentes con cosquilleos en los brazos y caricias del viento en mi cara. El recorrido fue muy confortable, pudiendo aprovechar cada instante de este.

Ya podía dilucidar la cabaña y con astucia me fui acercando. No titubeé un segundo en golpear la puerta para enfrentar a esa sombra que había visto, me sentía firme en el lugar y con ansias de entablar una conversación de una vez por todas.

Golpee una segunda vez, ya con un poco más de fuerza, al no recibir respuesta del llamado anterior. Ya me daba de pensar que no había nadie, la angustia me empezaba a ganar, pero pude interpretar esa emoción y comencé a respirar para controlarla. No me puede vencer, yo soy responsable de mis actos, me dije a mi mismo. ¿Y si el viejo era el dueño de la cabaña y por eso no contestaba? No, él me dijo que no vivía de lujos y vanidades, y aquí dentro sobraba todo ello.

Al instante previo que iba a golpear nuevamente, se escucha que gira el pestillo de la llave en dos oportunidades, se quita una traba de seguridad y se saca un candado. La puerta comenzó a abrirse y rechinaban sus bisagras, aprecié que hacía tiempo no se abría. El latido de mi corazón se empezó a acelerar y las emociones ya eran incontrolables. Aunque no quisiera, iba a ver a quién pertenecía esa sombra.

La puerta se abrió y apareció una persona, se tapaba los ojos ya que la resolana lo encandilaba, no podía ver con claridad su rostro, pero pude apreciar que era un hombre por su contextura física. Dio un paso hacia afuera, y quedé petrificado.

Era yo.

Cómo explicar los sentimientos, imposibles de describir. Ahí estábamos los dos, parados uno frente al otro sin hablar. Me di cuenta de que debía comenzar a hablar, porque era quien había golpeado la puerta.

-Hola, ¿cómo estás? - fue lo primero que se me vino a la mente.

-Espantado - dijo.

Ninguno de los dos podía reaccionar, era yo que estaba enfrente mío. En ese instante, me vino todo lo que me había dicho el anciano, y pude darme cuenta dónde estaba parado.

Esto era una enseñanza de vida. Esa sombra era el “yo egoico” viviendo en un mundo de lujos y vanidades, encerrado en cuatro paredes sin poder ver para afuera. El fuego que encendía era mi voracidad que todo consumía y que al caminar sincrónicamente estaba haciendo el mandato que me impusieron, pero que no era el caminar que yo pretendía. Todo se resolvía en esas cuatro paredes, mi vida estaba ahí, sin poder salir a la naturaleza y apreciar las bellezas de las pequeñas cosas, como lo había vivido en ese bosque. Todo se resumió en esa llave que giró dos veces y esos límites que impedía que pueda abrir la puerta hacia la vida. Qué feliz me sentía de poder haberme encontrado conmigo mismo y darme la posibilidad de respirar otros aires.

Ahí estaba, sentado bajo la sombra de un árbol, donde todo había comenzado, y comprendí que nunca había partido; solo había despertado.

Fin.-

Corral de Bustos Ifflinger,
Córdoba, Argentina.
Año 2026.
— Marcelo Javier Bolatti —

· · ·