El Recordar08 de 22
Capítulo 8 · 3 min

El árbol interior: la raíz y la luz

Toda vida es un árbol que busca el cielo.

Las raíces se hunden en la tierra oscura de lo desconocido -la materia, el instinto, el miedo- y las ramas se elevan hacia la claridad del espíritu. Entre ambos mundos se extiende la savia del alma, ese flujo invisible que une lo divino con lo humano.

La existencia es una escuela del alma. Dios, en su silencio, no impone respuestas, ofrece caminos. Cada pérdida, cada gozo, cada nacimiento es una hoja que brota y cae, parte del ciclo eterno que no tiene principio ni fin. El hombre, en su ignorancia, intenta poseer la rama o negar la raíz; pero la sabiduría consiste en dejar que la savia fluya sin resistencia. La savia no teme el invierno, porque conoce el secreto de la primavera.

El cristianismo enseña que el amor redime, que el perdón vence a la muerte. El budismo revela que el sufrimiento cesa cuando cesa el apego. El taoísmo susurra que la armonía se alcanza no actuando contra el flujo, sino dejando ser -el wu wei-. Tres caminos, una misma enseñanza: La gracia, la compasión y el fluir son nombres distintos del mismo soplo divino.

Los sabios de Oriente y Occidente miraron el mismo árbol con lenguas diferentes, el Cristo crucificado entre tierra y cielo, el Buda bajo la higuera que despierta, Lao-Tsé junto al río que no discute su curso, y los místicos judíos elevando las ramas del alma hasta la corona luminosa del Ser. Todos vieron lo mismo, que la raíz y la flor son una sola oración.

La mente humana busca sentido en el dolor, pero el alma sabe que el sentido está en vivirlo con conciencia. No existe oposición entre la sombra y la luz; solo una danza perpetua que permite reconocernos en el Todo. El árbol no juzga la tormenta ni celebra el sol, ambos son parte de su crecimiento. Así también, el espíritu aprende, entre lágrimas y asombro, a agradecer cada estación del camino.

Cuando el hombre deja de preguntar “¿por qué me pasa esto?” y empieza a decir “¿qué me quiere enseñar esto?”, el cielo desciende al corazón. Dios no está afuera ni arriba, sino latiendo en la raíz de todo lo que respira.

El sabio no busca ascender al cielo, deja que el cielo florezca en su interior. Así comprender que la vida no es un problema a resolver, sino un misterio a abrazar. El amor no es una meta, sino la sustancia que nos sostiene. Cada alma es una semilla que recuerda, en su silencio, la forma perfecta del Todo.

La savia del alma

Bajo la tierra oscura
mi raíz conversa con el cielo.
No hay arriba ni abajo,
solo un suspiro que respira
en dos direcciones.

He nacido del polvo,
pero en mi savia canta la eternidad.
Mi sombra conoce secretos
que mi flor todavía ignora.

Cristo me habla desde el madero,
Buda me sonríe desde el loto,
Lao-Tsé me enseña a no
oponerme al viento.

Todo árbol es un templo
donde lo humano se vuelve divino
y lo divino aprende a sentir.

El dolor es la raíz que
que la honra.
Ambas se buscan,
se reconocen, se abrazan.

Cuando llueve, bebo humildad;
cuando el sol quema, aprendo fortaleza.
Cada tormenta me cincela,
cada estación me reza.

Y así, entre la sombra y la luz,
crezco hacia adentro.
Porque el cielo no está en lo alto,
florece en mi pecho,
donde la savia se hace canto
y el alma recuerda su eternidad.

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